La belleza de lo efímero
La belleza está atravesada por una condición temporal?
Hace unos días conocí a una mujer italiana, unos años mayor que yo, en un mirador que apunta intencionalmente hacia el atardecer sobre el mar Tirreno.
Al observarme admirando el final del día, me preguntó si me gustaba el pueblo. Le respondí enfáticamente que sí. Que no solo me gustaba el pueblo, sino también el color que tomaba gracias a la luz del sol y, sobre todo, el complemento perfecto del mar.
Al reconocer mi acento argentino, me hizo otra pregunta, pero esta vez fue un poco más allá:
—¿Por qué a los argentinos les gusta tanto nuestro mar?
Abrí los ojos como el dos de oros y respondí sonriendo:
—¡Porque es hermoso! ¿A ti no te gusta?
Se encogió de hombros y expresó un monosílabo típico italiano que solo reconozco al escucharlo, pero que no sabría escribir. Algo parecido a nuestro “ni fu ni fa”.
A partir de este pequeño diálogo surgió una pregunta en mí:¿La belleza está atravesada por una condición temporal?
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Cada vez sospecho más que sí. Al menos en mi experiencia.
Y cuando digo “experiencia”, me refiero a lo vivido. A ese conocimiento, a ese incipiente saber que no proviene de la teoría, sino del encuentro directo con la realidad.
Pienso que la certeza de que una experiencia es efímera altera la forma en que percibimos nuestro entorno, intensificando la respuesta emocional ante aquello que consideramos bello.
Cuando sabemos que nuestro tiempo en un lugar es limitado, algo cambia. Capturamos detalles. Miramos hacia arriba. Prestamos atención. Asimilamos los estímulos de manera consciente porque sabemos que nuestro acceso a ellos tiene fecha de vencimiento.Desde la psicología, sabemos que las cosas adquieren un mayor valor percibido cuando son escasas o finitas. La belleza puede volverse más conmovedora precisamente porque es pasajera.
Existe incluso un concepto japonés llamado Mono no aware, que describe la sensibilidad hacia la transitoriedad de las cosas: esa melancolía serena que aparece al contemplar algo hermoso sabiendo que no durará para siempre.
Al menos, así es como lo vivo yo.
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Pero así como existe la transitoriedad, también existe la habituación —o adaptación hedónica—, ese proceso mediante el cual nuestro cerebro se acostumbra a los estímulos repetidos.
Si vemos la misma catedral gótica todas las mañanas camino al trabajo, llega un momento en que deja de sorprendernos. Nuestro cerebro ya no necesita detenerse en ella; está ocupado llegando a destino.
Algo similar ocurre con aquello que algunos autores llaman la automatización del paisaje. Cuando vivimos mucho tiempo en un lugar, este deja de ser un objeto de contemplación y pasa a convertirse en el escenario habitual de nuestra rutina.
La mente se enfoca en el tráfico, el clima, las compras o los horarios. Poco a poco, la mirada contemplativa parece apagarse.
Saber que el monumento, la catedral, la montaña o el mismísimo mar Tirreno seguirán allí mañana puede disminuir la urgencia de admirarlos hoy.
Y entonces me pregunto:
¿La belleza desaparece cuando nos acostumbramos a ella?. ¿O sigue estando allí, esperando que volvamos a mirarla?
