Cuando afuera es una estación, pero adentro es otra
El verano aquí está a punto de finalizar. Poco a poco, la juventud de su calor y su ardiente color se irán cansando y, por consecuencia, retirando.
Y mientras lo hace, pienso en lo extraño que resulta vivir dos veces seguidas una misma estación.
La primera vez que me ocurrió, viví dos inviernos consecutivos, cuando emigré de Argentina a Italia.
La segunda y la tercera vez fueron dos veranos: uno, cuando emigré de España a Argentina; y el otro, cuando nuevamente emigré de Argentina a Italia.
Este último es el que estoy viviendo ahora.
Nunca fue algo planificado. Ha sido el resultado de mis saltos de hemisferio, de mis movimientos migratorios y de esa particular manera que tiene la vida de desordenar los calendarios que creíamos conocer.
Pero este tercer verano me hizo consciente de algo que antes no había percibido con tanta claridad.Y quizás por eso, mientras afuera todo parecía decir verano, adentro no siempre sucedía lo mismo.
No porque estuviera triste o atravesando una depresión. Tan solo necesitaba retirarme un poco de todo ese estímulo para poder mirar la vida que tenía delante.
El cuerpo también tiene un registro estacional
Durante estos meses hubo días en los que deseé que lloviera. Días en los que hubiera preferido menos fiestas, menos música, menos movimiento.
Quería silencio, quietud y sentarme simplemente a contemplar.
No porque estuviera triste o atravesando una depresión. Tan solo necesitaba retirarme un poco de todo ese estímulo para poder mirar la vida que tenía delante.
Porque esta vida era nada mas ni nada menos que otra vida nueva.Una vida nacida de otra decisión migratoria, de otro salto de hemisferio, de haber dejado atrás una geografía para empezar a construir otra, una vez más.
Y créanme que este tipo de moviente suceda lo que suceda en el exterior, estemos donde estemos, merece detenernos, observar y ver que pasa. Tanto a nuestro alrededor como en nosotros mismos.
Suena cliché, pero es así. Sería un error de nuestra parte subestimar la necesidad de tomarnos un tiempo para sentir que nos pasa con esta reciente.
Existe mucha información sensorial, emocional y conductual en esos primeros tiempos de cambio que vale la pena registrar para nuestro yo futuro y para decisiones futuras.
Pero parecía que el verano no dejaba demasiado espacio para eso. De hecho por momentos sentía que existía de manera subyacente un mandato.
El mandato de estar felices
Culturalmente hemos construido una idea bastante precisa de lo que significa el verano.
El verano es alegría. Es celebración. Es expansión. Es encuentro. Es estar afuera. Es aprovechar. Es vivir esos noventa días en un estado permanente de felicidad.
Y a pesar de que soy una seguidora de la luz del sol. También sé que, si no conociera el silencio y la oscuridad, probablemente no lo amaría tanto.
Pero ¿qué sucede cuando no queremos disfrutar de esa manera? ¿Qué pasa cuando afuera todo florece, se celebra y se expande, pero adentro necesitamos recogernos? ¿Qué pasa cuando afuera es una estación para adentro es otra?
Será cuestión de transitar este nuevo destino con los ojos abiertos, el corazón despierto y atentos a nuestro propio palpitar y a las flores que vayan apareciendo en el camino.




